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Revista ALTAÏR
nº 51/01 - Enero 2.008
PVP
5,95 €
SÁHARA
Un mundo que
cambia
EL TRIUNFO DEL
INGENIO SOBRE LA DESOLACIÓN
Con nueve millones de kilómetros cuadrados de superficie, el Sáhara es casi tan
grande como Europa. De oeste a este, se extiende desde el océano Atlántico hasta
el mar Rojo; y de norte a sur, abarca de la costa mediterránea y el Atlas hasta
el Sahel, en una frontera no definida por la orografía, sino por la mayor
presencia de lluvias y una incipiente sabana. En medio, una nada solo aparente.
Y es que, pese a la sequedad, a las temperaturas extremas y a sus suelos yermos,
el Sáhara es un espacio habitado —también por el ser humano— desde tiempos muy
antiguos. Lo demuestran los vestigios prehistóricos en el Tassili n’Ajjer
argelino, el Akakus libio y en otros muchos lugares de la región. Pastores y
cazadores protagonizan pinturas y grabados, junto a una fauna más propia de
climas húmedos. Su presencia sugiere que nuestro planeta ya sufrió un cambio
climático de efectos cataclísmicos en un pasado aún reciente.
Con la radicalización de las condiciones ambientales, los grandes rumiantes
abandonaron la zona, pero no el hombre, forzado a agudizar su ingenio para
sobrevivir. Donde había agua, cultivó, irrigó e incluso levantó ciudades, como
en el M’Zab (Argelia) o en Siwa (Egipto). Cuando el agua era insuficiente,
incierta, fue en pos de ella con sus rebaños, como hicieron los tuareg. E
incluso fue capaz de convertir la desolación en prosperidad, creando una
civilización agropastoral que posibilitó el intercambio entre los mercados del
norte y del África subsahariana. Durante siglos, larguísimas caravanas de
dromedarios cruzaron el desierto cargadas de ideas y mercancías. A su estela,
fluyeron saberes y germinaron creencias.
Parte de ese mundo ha sucumbido a la modernidad. Las antiguas identidades fueron
atropelladas por unos Estados que no siempre responden a los sentimientos y las
necesidades de las poblaciones saharianas. Jerarquías y sistemas de valores que
parecieron eternos, se resquebrajan. Las referencias se difuminan, sumiendo al
individuo en la perplejidad, cuando no en la inanición. La irrupción de
intereses foráneos, codiciosos de recursos naturales, aumenta aún más las
tensiones internas.
Eterno, inmenso, de una belleza sobrecogedora, cuajado de mitos, historia y
romanticismo; este es el Sáhara que espera al viajero.
Pero también un mundo en plena crisis,
que busca respuestas propias ante desafíos, a menudo, universales.
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